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La satisfacción de hacer menos falta

Cuando llegas a un nuevo equipo, tardas un tiempo en entender cómo trabaja cada persona y cómo son las dinámicas internas. Te toma un tiempo entender qué está pasando.

Qué saben, qué les preocupa, en qué necesitan un primer apoyo. El equipo también necesita conocerte. Saber qué esperas, cuándo pueden contar contigo.

Al principio hay muchas conversaciones. Te preguntan y tú preguntas todavía más. Revisamos decisiones, compartimos experiencias pasadas (recetas que a lo mejor ya no funcionan), explicas por qué darías importancia a una cosa y no tanta a otra. Algunas veces ayudas. Otras descubres que había algo que no habías entendido bien.

Poco a poco se va construyendo una manera de trabajar juntos. Se va compartiendo un estilo. Y el tiempo pasa.

Un día alguien te cuenta un problema y, antes de que puedas responder, te explica cómo lo ha resuelto. Otro día toma una decisión que hace unos meses habría venido antes a contrastar contigo. Te enteras después, cuando ya está hecho, y ves que está bien (según tu criterio).

Entonces reconoces algo.

El abordaje que tú sueles hacer. Una manera de ordenar las prioridades. El cuidado con el que se ha preparado una conversación difícil. Algo que has repetido muchas veces y que ahora aparece en el criterio de otra persona, sin que hayas tenido que intervenir. Yo sonrío cuando lo reconozco.

Hay decisiones que toma tu equipo que, de alguna manera, llevan tu estilo. Esa persona las ha hecho suyas, ha aportado su conocimiento y experiencia y hasta ha encontrado una solución mejor a la que tú hubieras propuesto.

Detectas entonces el resultado del esfuerzo en el trabajo compartido, y también te das cuenta de que cada vez necesitan menos consultarte.

Acostumbrarse a otro lugar

En La catedral que construyo cada día hablaba de lo que dejamos en las personas con las que trabajamos. Con el tiempo, esa huella aparece en decisiones que toman por su cuenta.

Y es que confieso que a mí me gusta que me consulten. Me gusta pensar un problema con alguien, compartir lo que sé y sentir que he ayudado. Es una parte de mi trabajo que disfruto. Y es más, crezco profesionalmente en ese acto de compartir. Tras debatir un asunto y entender otro punto de vista la solución al mismo es más sólida.

Pero cuando esas consultas disminuyen, necesitas acostumbrarte. Puede que todo vaya bien y, aun así, te preguntes si deberías estar más encima. Si estás perdiéndote información. Si todavía aportas lo suficiente.

En The Let Them Theory, Mel Robbins propone algo sencillo de decir y difícil de asumir: déjales. No puedes controlar lo que los demás hacen, piensan o deciden. Sí puedes decidir cómo respondes tú.

Llevándolo a mi experiencia con equipos, me fijo en cómo reacciono cuando alguien hace las cosas de una manera distinta a la que yo hubiera hecho. Si le he dado espacio para decidir, también tengo que aceptar que lo utilice.

La cuestión es si hace falta que intervenga siempre.

A veces alguien ha tomado una decisión razonable y tú introduces un matiz. Después otro. Acabáis haciendo las cosas a tu manera y te quedas tranquilo. Pero la próxima vez quizá prefiera no preguntarte, para evitar que su decisión vuelva a convertirse en la tuya.

Si cada decisión tiene que terminar de parecerse a la que yo habría tomado, el espacio que estoy dando es bastante pequeño.

Recuerdo una idea sobre la educación de los hijos, aunque no recuerdo quién la decía: no podemos evitarles todos los golpes. Algunos forman parte del proceso de aprendizaje. Procuramos estar cerca para que un tropiezo no termine en un daño mayor, aunque tampoco eso podemos garantizarlo siempre.

Con los equipos veo algo parecido. Dar autonomía supone aceptar que habrá errores que podríamos haber evitado interviniendo. Me toca valorar cuáles puedo dejar que resuelvan y cuáles requieren que entre, por las consecuencias que pueden tener. Y, si algo sale mal, seguir estando ahí.

Lo que hacemos para sentirnos útiles

Leyendo La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han, pensaba en esa exigencia de rendir que acabamos imponiéndonos nosotros mismos. En mi caso, lo conecto con la necesidad de estar haciendo algo, resolviendo algo, dejando alguna evidencia de que mi presencia sirve.

Durante mucho tiempo es fácil reconocer tu aportación porque estás dentro de casi todo. Participas en las conversaciones, desbloqueas problemas, acompañas decisiones. Hay clara actividad y puedes apuntar directamente a tu contribución.

Con el tiempo, una parte del resultado de ese trabajo debería ser precisamente que todo eso no dependa tanto de ti. Y esa contribución cuesta mucho más verla en agenda.

La reconoces cuando una reunión sale bien sin que estés. Cuando alguien afronta una conversación que antes evitaba. Cuando te presentan un problema con una propuesta ya pensada y buenos argumentos para defenderla.

También cuando te llevan la contraria y compruebas que su posición es mejor que la que tú tenías.

Así que el paso del tiempo va cambiando el lugar desde el que contribuyes. Sigues teniendo responsabilidades, sigues tomando decisiones y hay momentos en los que debes intervenir. Pero ya conoces mejor al equipo y puedes confiar en cosas que al principio necesitabas revisar.

Ellos han aprendido su parte. Y tú también has aprendiendo a confiar en el nuevo equipo.



Reconocer lo que queda

No todo lo que veo crecer en un equipo tiene que ver conmigo. Cada persona trae su experiencia, aprende de otros y desarrolla su propio criterio. A veces ese crecimiento hubiese ocurrido igualmente, o incluso antes, si yo hubiera dejado más espacio.

Pero hay momentos en los que sí reconoces algo que habéis trabajado juntos. Recuerdas lo que costaba al principio y ves la naturalidad con la que ahora se resuelve.

Es una satisfacción bastante particular. No has participado en esa decisión, pero reconoces una conversación antigua dentro de ella.

Pienso entonces en quienes hicieron eso conmigo. Personas a las que incluso sigo consultando (menos que antes) y cuyas preguntas empleo cuando hago que otros piensen conmigo. Algunas seguramente no saben cuánto de lo que me enseñaron continúa en mi manera de trabajar.

Me gusta pensar que algo parecido puede pasar con lo que comparto yo.

Que, pasado un tiempo, alguien tome una buena decisión, la sienta completamente suya y siga adelante.

Y que yo pueda reconocer algo de lo que aprendimos juntos, sonreír y sentirme orgulloso.