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La catedral que construyo cada día

Cuando viajo y me encuentro con una catedral, suelo detenerme a mirarla. Pienso en quién hubo detrás de aquello. Quién la imaginó cuando todavía no había nada. Quién se atrevió a proponerla.
Y en todos los artesanos que dedicaron su ingenio, su tiempo y buena parte de su vida a levantarla.

Personas que trabajaron la piedra, la madera o el vidrio y de las que no conocemos el nombre. Algunos nunca llegaron a verla terminada. Aun así, hicieron su parte, y otros continuaron. Hay algo en eso que me conmueve y me hace sentir agradecido.
Siglos después, ahí estoy yo, disfrutando de un trabajo al que aquellas personas entregaron tanto.

Leyendo Los pilares de la Tierra, de Ken Follett, esa admiración encontró una historia: la construcción de la catedral de Kingsbridge, los oficios, las dificultades y las vidas entrelazadas alrededor de una obra que los superaba a todos.

¿Qué estoy construyendo cada día? ¿Qué quedará del tiempo, del empeño y de la ilusión que pongo en mi trabajo?
Me refiero a esa obra, tangible, visitable, que puedes mirar y reconocer.
Algo que has contribuido a construir, que tiene cierta consistencia y que, con suerte, seguirá ahí cuando tú ya no estés.

Y alguna vez, contemplando una de esas catedrales, me he preguntado: ¿dónde está la mía?

Un carpintero puede pasar la mano por una mesa que hizo hace veinte años. Un arquitecto puede volver a un edificio. Quienes trabajamos fundamentalmente con ideas, decisiones y personas lo tenemos algo más complicado.
¿Dónde se queda nuestro trabajo? ¿Qué parte de él perdura?

Me interesa esa idea de recibir algo que otros han empezado y dejar algo sobre lo que otros puedan seguir trabajando. La catedral permite ver esa continuidad. Puedes señalarla, entrar en ella, tocar sus muros. En mi trabajo, esa continuidad resulta más difícil de reconocer.

Leyendo Elogio de las manos, de Jesús Carrasco, he vuelto a pensar en todo esto. Y gracias a él he descubierto El artesano, de Richard Sennett, y también vino a mi memoria un libro sobre el que escribí hace tiempo: Shop Class as Soulcraft, de Matthew B. Crawford.

Libros que exploran qué significa hacer, hacer bien y qué nos ocurre mientras hacemos


Pensar con las manos

En Elogio de las manos, Carrasco recoge una diferencia entre Anaxágoras y Aristóteles: el primero atribuía nuestra inteligencia a disponer de manos; el segundo entendía que era la inteligencia la que permitía utilizarlas de manera compleja. No sé si hace falta resolver esa discusión para reconocer cuánto aprendemos cuando trabajamos con ellas.

Medir, cortar, montar, equivocarnos, desmontar y volver a probar. Hay pensamiento en todo eso. Hay anticipación, atención y una conversación permanente entre lo que imaginábamos y lo que realmente está ocurriendo.

La materia responde. Una pieza no encaja porque nosotros tengamos una explicación estupenda de por qué debería encajar. Hay que averiguar qué sucede y corregirlo.

Crawford me interesó precisamente por esa relación entre pensar y hacer. En aquella entrada del blog recogía una idea que sigo encontrando muy sugerente: separar ambas cosas empobrece el trabajo, tanto manual como intelectual. Quizá hemos confundido demasiado a menudo trabajar con las manos con trabajar sin pensar. Eso para mi es incluso ofensivo.

Carrasco menciona también a Michael Polanyi y el conocimiento tácito: sabemos más de lo que podemos expresar. Me parece una buena forma de acercarse a esos conocimientos que se adquieren practicando y que cuesta tanto explicar. Lo reconocemos en un buen profesional. Ve algo que nosotros todavía no vemos. Hace un pequeño ajuste. Sabe cuándo esperar. Si le preguntamos cómo lo sabe, probablemente la respuesta necesite más tiempo que el ajuste.


Hacer bien algo

Sennett entiende la artesanía de una forma mucho más amplia que el oficio manual. Incluye al carpintero, al médico, al programador y también a quien dirige. Lo que los reúne es el deseo de hacer bien su trabajo por el valor que encuentran en hacerlo bien. Y claro, esa idea me toca bastante porque me gusta poner empeño en lo que hago. Volver sobre una propuesta, revisar una explicación, intentar que algo quede mejor. A veces casi de forma obsesiva.

También sé que esa disposición tiene sus trampas. En El artesano, Sennett habla del perfeccionismo de quien se compara permanentemente con lo que podría haber sido. Es una comparación agotadora: siempre existe una versión imaginaria mejor que la que tenemos delante. Me reconozco en esa tentación.

Carrasco, por su parte, cuenta cómo va aprendiendo a separar la iniciativa del resultado. Saber que algo puede salir regular deja de impedirle empezar. Me reconfortó encontrar esa reflexión. Porque podemos dedicar tanta energía a garantizar un resultado excelente que acabemos sin hacer nada. Y ahí hay poco oficio que desarrollar. La práctica necesita intentos, errores y correcciones.


El deseo de terminar

Hay una frase de Sennett que subrayé y quedé mirando un buen rato: “La paciencia de un artesano puede definirse como la suspensión temporal del deseo de finalizar”.

Suspender el deseo de terminar. !Qué difícil! Sobre todo cuando tenemos prisa, cuando algo se atasca o cuando llevamos demasiado tiempo intentando resolverlo de la misma manera.

Sennett recurre al tiro con arco y a la tradición japonesa del kyūdō (弓道) para hablar de esa tensión: querer asegurar demasiado el tiro puede acabar estropeándolo Lo leo y pienso en cuántas veces me ha pasado algo parecido trabajando. Insistir, apretar, volver a insistir. Como si aumentar la tensión fuera necesariamente a mejorar el resultado.

A veces lo que hace falta es parar un momento. Mirar de otra manera. Cambiar la pregunta. Escuchar.

Carrasco recoge también esa experiencia de quedar absorto en una tarea, hasta perder durante un rato la conciencia de uno mismo. Me interesa mucho ese estado. Estar suficientemente implicado como para olvidarte de cómo estás quedando tú. Esto me lleva a una idea sobre la que ya escribí aqui: el flow. Ese estado en el que estás tan metido en lo que haces que pierdes la noción del tiempo y, durante un rato, te olvidas de ti mismo. La atención se concentra en el trabajo, en lo que tienes entre manos. Y disfrutas haciendo, incluso cuando lo que haces exige esfuerzo..


Lo que queda

El trabajo manual tiene algo que envidio: su resultado se puede tocar. Además, Carrasco habla de construir con voluntad de perdurar, de hacer algo que vaya más allá del apaño. Entiendo muy bien esa aspiración.

Pero por otro lado una mesa puede romperse y una idea puede durar generaciones. La duración tampoco pertenece exclusivamente a lo material. Aun así, en el trabajo con personas, con decisiones, cuesta reconocer la obra. No hay un momento claro en el que podamos alejarnos dos pasos, mirarla y decir: ya está. De hecho, a lo mejor nos conviene que no lo haya. Las personas siguen creciendo, tomando decisiones y encontrando caminos propios. Y nuestra aportación se mezcla con la de muchísima otra gente.

Cuando pienso en mi catedral, cada vez pienso más en los profesionales que me han hecho crecer. En quienes me han enseñado, me han exigido o han confiado en mí antes de que yo estuviera del todo preparado. Y en aquellos a cuyo crecimiento haya podido contribuir yo, humildemente.

Una conversación que ayudó a decidir. Una responsabilidad que alguien se atrevió a asumir. Una forma de trabajar que después hizo suya y mejoró. Una parte de mi trabajo consiste en ayudar a que eso ocurra. Decir “mi catedral son las personas” exige, además, cierta prudencia. Nadie es una obra mía. Tengo claro incluso que yo tampoco soy una obra exclusivamente mía. He crecido gracias a otros. Y, si hago bien mi trabajo, algo de lo que he recibido podrá continuar a través de mí.

Ahí empiezo a reconocer mi artesanía: en el empeño que pongo, en la atención que presto, en lo que intento aprender y en lo que puedo compartir.

También en aprender a aflojar. En aceptar que alguien haga las cosas de otra manera. En disfrutar cuando deja de necesitarme.

Sigo sin poder señalar mi catedral desde una plaza. Pero cuando veo crecer a una persona con la que he compartido parte del camino, siento que algo de aquel trabajo permanece.

Mi catedral son las personas.
Las que me han ayudado a crecer y aquellas a las que, con lo que sé y lo que todavía estoy aprendiendo, pueda ayudar yo.


Seguiré aportando mi parte mientras pueda. Después, otros continuarán la obra. Y probablemente, como los arquitectos, carpinteros o vidrieros de una catedral antigua, nadie recordará nuestros nombres.


Libros que acompañan esta reflexión

Los pilares de la Tierra, de Ken Follett.

Elogio de las manos, de Jesús Carrasco.

El artesano, de Richard Sennett.

Shop Class as Soulcraft, de Matthew B. Crawford.

Flow: The Psychology of Optimal Experience, de Mihály Csíkszentmihályi